Sánchez nunca contestó a mi pregunta. No es que resultara necesario, por otra parte. Si una vez tuvo conciencia, a buen seguro que hace tiempo que dejó que se ahogara en su propia bilis. Tengo la convicción de que, si Bildu hubiera asesinado a sus dos hijas, hubiera pactado con ellos, igualmente. Y no como resultado de un ejercicio de tolerancia o fe cristiana, sino porque su ansia de poder es infinita. Porque “todo vale”, y porque “el fin justifica los medios”, lo que demuestra bien a las claras que comparte credo con sus compañeros de pacto, los terroristas. Es el Fausto de Goethe, que vende su alma a Mefistófeles, a cambio del supremo conocimiento, a cambio de un puñado de euros.

O el hombre del estadio estético de Kierkegaard: ‘Quiero gozar’, tal es el credo de Johannes el Seductor, el personaje que encarna el estadio estético, bajo el signo de los placeres (In vino veritas). En este estadio el hombre opta por sí mismo, por su individualidad, por su particularismo. Es el hombre del torbellino de las sensaciones; es una especie de charlatán y coleccionista de instantes. El esteta se crea a sí mismo a partir de nada. Pero el estadio estético en el fondo es ilusorio; la ilusión de la autodeterminación conlleva una huida hacia adelante, que conduce a un impase, a un sentimiento de vana repetición, en el límite mismo de la melancolía.

Pedro Sánchez contrapone a su elevada talla física su baja estatura moral. Eligió la carrera política por ser el medio que mejor convenía a sus fines –nunca por vocación, convicción, ni aptitudes. España está a su servicio, y no al revés. Sus mayores virtudes no son otras que las que pueden apreciarse a simple vista, óptimas si se trata de participar en una “pasarela” de moda internacional; claramente insuficientes, allí donde se requiera competencia y talento, para gestionar el futuro de un gran país.