Que el coronavirus ha llegado para quedarse, es un hecho que pocos se atreverían a cuestionar. Son numerosas las especulaciones a que se presta su extraña aparición, allá por Enero de 2020, en Wuhan, una provincia de la ¿lejana? China.

En su búsqueda de una voz autorizada en la materia, el ciudadano de a pié volvió una mirada ansiosa hacia la comunidad científica internacional, en busca de certidumbre y consuelo, para encontrar, -por toda respuesta- una polifonía, una míriade de voces dispares, en contrapunto. Acto seguido, información masiva y, por tanto, el consiguiente -y temido- efecto desinformativo.
Claramente, no se habían hecho los deberes. ¿Qué podía esperarse entonces de unos políticos, a los que no gusta dar un paso, sin haber consultado previamente a sus asesores?

Lo cierto es que poco.

Aunque resulta más fácil juzgar “a toro pasado”, y “desde la barrera”, podemos afirmar que -incluso ante lo desconocido-, se puede actuar por exceso, –con exceso de celo-, o por defecto. Claramente, la actitud del gobierno ha sido por defecto; más aún, temeraria y suicida: no muy diferente a la del avestruz que -si se ha de prestar crédito a la leyenda urbana- esconde la cabeza bajo tierra, en la esperanza de que el amenazante león de los alrededores, se alejará por iniciativa propia. Sólo así se explica que antepusiera los intereses de su “efectista” programa político, a la adopción de medidas sanitarias que hubieran salvado muchos miles de vidas.

Porque en la gestión de la pandemia por parte del ejecutivo concurren factores agravantes. En una época de globalización en la que un masai puede adquirir -sin problema alguno- una lata de una conocida marca de refrescos en una máquina de vending de su poblado (aunque, paradójicamente, quizá no disponga de agua corriente para satisfacer sus demandas más básicas) parece ingenuo más aún, infantil- pensar que un brote epidémico surgido en China no fuera a alcanzar, más tarde o más temprano, nuestras fronteras. Máxime cuando, nuestra vecina Italia, se veía ya aquejada por los primeros casos de una potencial pandemia.

Lo que evidencia una absoluta incapacidad en su visión de Estado.

Ingenuidad que el gobierno de España ha aderezado con otras especias, como una ineptitud y una negligencia criminales, por las que tendrá que rendir cuentas ante la Justicia cuando todo esto haya acabado, y que han servido de fértil terreno para la aparición de sátiras, chistes paródicos y memes, mecanismo típico del ser humano, por el que se intenta desdramatizar, -frivolizando-, la lucha contra una adversidad que escapa a su control.