En un estado de derecho ideal, – lo que debiera constituir la norma, y no la excepción-, leyes y decisiones judiciales deben inspirarse -o, por lo menos, no contravenir- en la lógica y el sentido común.

Una sentencia judicial que afirme, por poner un ejemplo, que 2+2=5, no sólo no se ajusta a la verdad: no se ajusta a derecho. Aunque la ley en que se base dicha sentencia hubiera sido aprobada por abrumadora mayoría, carecería del espíritu de principios rectores garantes del bien común. Ni siquiera la maquinaria de un aparato propagandístico goebbeliano lograría convertirla en «justa». El asesinato y la mentira constituyen delitos que deben recibir un justo castigo. Si la actual «separación de poderes» no funciona como garante de justicia para el ciudadano, éste debería rebelarse contra la autoridad del poder judicial.

Quizá se pregunte el lector acerca de la pertinencia de lo anteriormente expuesto: Durante tanto tiempo hemos convivido en España con situaciones anómalas, que pueden parecernos ya «normales». Véase el caso de una banda de asesinos que formó un partido político, con cuyp apoyo ha podido contar Sánchez para formar gobierno. La celeridad con que se desea acometer la renovación de los magistrados del Tribunal Constitucional resulta evidente, pues el desgobierno actual pretende «blindarse» en previsión de la avalancha de querellas que presume, arrivarán, por su negligencia homicida en la «gestión» de la covid 19.

Desde aquí anticipamos la posibilidad de que no se logre establecer relación de causa y efecto entre la negligencia de Sánchez, y la elevada mortalidad que el coronavirus ha causafo en nuestro país. Animamos abiertamente al desacato, caso de producirse una sentencia absolutoria para Sánchez y sus secuaces, en forma de movilizaciones populares pacíficas. No debemos reconocer la autoridad o validez de una sentencia que percibamos como injusta apriorísticamente. Basta de relativismos.

Apelamos al joven que cada ciudadano español lleva en su interior. Le exhortamos a que recupere ese sentimiento de fuerza y de pasión que un día le hizo soñar con un mundo mejor – ése que el tiempo se ocupó de reemplazar por el cinismo y la amargura. Porque bajo ese sentimiento adolescente se esconde una fuerza irrefrenable que cambia el mundo con sus actos.

Para bien o para mal, nos ha tocado en suerte representar una obra dramática indeseada: Hagamos que, por una vez, tenga el final que deseamos, que la justicia de los hombres coincida con el veredicto ya hace tiempo alcanzado, -de forma unánime-, por la justicia poética, Dios, y el karma.