Siempre me he negado a encasillar a otros, quizá en la ingenua esperanza de que los demás se abstuvieran igualmente, conmigo. Por regla general, el ser humano recurre a la técnica del “encasillamiento” con vistas a denigrar al prójimo y/o su reputación. Una vez el prójimo ha sido encasillado, “el desencasillador que lo desencasille, buen desencasillador será”. Trabalenguas aparte, esto viene a significar que, si te cuelgan un cartel, no te lo quita ni la madre que te parió. Yo soy español, ergo “facha” y, desde ese mismo momento, me importa un comino que “Rogelio” pueda llamarme “Cayetano”.

Platónico convencido, empiezo a pensar que cada vez es menor la franja poblacional susceptible de variar filiación política o voto. A excepción de algunos integrantes de C’s, que cambian de chaqueta con la facilidad con que otros estornudamos. ¿Para qué molestarse, pues, en intentar convencer -mediante el uso de la retórica y la lógica socrática- al interlocutor, para captarle a tus filas? Como suele decirse coloquialmente, “el pescado está ya todo vendido” y, ni el rigor analítico, ni las pruebas fehacientes, ni la exquisita oratoria convencerán a los que no desean ser convencidos, a los incondicionales de Sánchez, a ésos que, -a día de hoy-, siguen aprobando su gestión. Poco importa que existan razones suficientes como para que diez mil gobiernos dimitan diez mil veces. Así que no es una cuestión cuantitativa. Tampoco cualitativa. Se trata de que las cartas están sobre la mesa: se avecina una confrontación civil. ¿Indicios? La polarización de la sociedad. Todo ello debido, en buena parte, al impagable trabajo de un proetarra como Iglesias en la vicepresidencia segunda del gobierno, con acceso a información privilegiada del CNI. Un tipo al que pagamos todos los españoles -Oh, ironías de la vida!-, para que nos destruya España. Un ministro que anima desde el púlpito al escrache sistemático de sus rivales, sean éstos políticos con escolta, o ciudadanos de a pié. Tan sólo, por llamarse “Cayetano”.